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Cuento argentino · Un jardín cordobés

La semilla de la ventana

Para leer en compañía o a tu ritmo. Al final te espera una idea para seguir imaginando.

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Portada de La semilla de la ventana

La historia

Desde la casa de su tía, Luz veía las sierras de Córdoba, los techos del pueblo y un árbol donde se posaban dos pájaros. Le gustaba tanto aquella ventana que quería llevarse el paisaje cuando terminara la visita. Intentó dibujarlo, pero siempre le quedaba afuera alguna montaña.

Su tía encontró una maceta vacía y le propuso sembrar una semilla. Luz la miró con desconfianza. La maceta era pequeña; el paisaje, enorme. De todos modos, prepararon la tierra, hicieron un huequito y colocaron la semilla. Después la dejaron junto a la ventana, donde recibía la luz que necesitaba.

Luz decidió fabricar un jardín alrededor. En una tira de papel dibujó un puente, casitas y un camino. Rodeó la maceta con el dibujo y agregó una puerta diminuta. Por allí, pensaba, podrían entrar los visitantes cuando creciera la planta. Su tía le ayudó a sujetar el papel sin tapar los agujeritos de abajo.

Durante varios días, Luz anotó lo que veía. El lunes dibujó tierra. El martes, tierra otra vez. El miércoles añadió una hormiga que pasaba cerca, aunque no pertenecía a la maceta. «Mi jardín no hace nada», se quejó. Su tía le mostró cómo comprobar la humedad antes de regar. A veces cuidar también consistía en esperar.

Una noche hubo viento. A la mañana siguiente, Luz encontró la tira de papel en el suelo. Una esquina se había roto y el puente parecía partido. Quiso tirar el dibujo, pero su tía le alcanzó otro pedacito de papel. Repararon el puente y agregaron una plaza donde antes estaba la rotura.

Dos mañanas después apareció el brote. Luz tuvo que acercarse para verlo bien. Era tan pequeño que la puerta dibujada resultaba gigantesca a su lado. En su cuaderno hizo un retrato de la primera hoja. No dibujó un árbol grande: quería acordarse de cómo había empezado.

Cuando llegó el día de volver, acomodaron la maceta en una caja para llevarla segura. En casa, Luz la puso junto a otra ventana. Ya no veía las sierras, pero tenía el puente reparado, la plaza y un brote que seguía creciendo. Cada semana enviaba a su tía un dibujo nuevo del pequeño jardín que habían hecho juntas.

Luz y su tía cuidan un brote en la ventana con las sierras al fondo.

Cuento publicado bajo el nombre de Adolfo Benjamin Kunjuk, preparado para Semillero de Historias con asistencia de IA. Es ficción original; las leyendas imaginadas no se presentan como relatos tradicionales.

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