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Leyenda imaginada · Ficción original

La lucecita del sendero

Para leer en compañía o a tu ritmo. Al final te espera una idea para seguir imaginando.

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Portada de La lucecita del sendero

La historia

En un bosque de cuento llegó una noche tan oscura que los animales no reconocían las piedras del camino. El conejo se había quedado conversando en casa del erizo y ahora no encontraba la curva para volver. Se sentaron junto a un tronco conocido y esperaron. Caminar sin ver no les parecía una buena idea.

Cerca de allí, un bichito descubrió una chispa dorada sobre una hoja. En aquel bosque imaginario, algunas chispas podían llevarse como pequeñas linternas. La levantó con cuidado. Iluminaba sus patas y apenas un círculo de tierra. Cuando miró los árboles enormes, sintió que su hallazgo era demasiado pequeño.

Probó colocar la chispa en una rama alta, pero desde abajo casi no se veía. Después la escondió dentro de una flor, pensando que así brillaría más. La flor tapó la luz. Estaba a punto de dejarla otra vez sobre la hoja cuando escuchó al conejo preguntar dónde comenzaba el sendero.

El bichito llevó su luz hasta la primera piedra. El erizo reconoció una raíz cercana y pudo indicar el siguiente tramo. Para continuar necesitaban otra señal. Una compañera del bichito llegó con una chispa, y después otra más. No juntaron todas las luces en un mismo lugar: las repartieron a lo largo del camino.

La primera curva seguía siendo difícil. Un arbusto ocultaba dos señales. El conejo pidió que esperaran mientras las colocaban en un punto visible. Desde el tronco podían ver ahora una luz, luego otra y otra, como una fila de miguitas doradas que no se podían comer.

Avanzaron despacio hasta encontrar la entrada de la madriguera. El conejo agradeció la ayuda y el erizo emprendió el regreso por el mismo sendero iluminado. El primer bichito observó su chispa. No había crecido ni se había convertido en un sol. Seguía alumbrando un círculo pequeño, justo donde alguien necesitaba mirar.

Antes de dormir, los bichitos acordaron reunirse junto a la primera piedra la noche siguiente. Cada uno llevaría su luz y dejarían libres los pasos del camino. Así imagina este cuento un sendero de luciérnagas. Las luciérnagas reales producen luz mediante una reacción química dentro de su cuerpo; no recogen chispas ni llevan linternas.

Ilustración de La lucecita del sendero

Cuento publicado bajo el nombre de Adolfo Benjamin Kunjuk, preparado para Semillero de Historias con asistencia de IA. Es ficción original; las leyendas imaginadas no se presentan como relatos tradicionales.

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