Cuento argentino · San Bernardo
El barco que conocía la costa
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La historia
Mora llegó a la playa de San Bernardo con un barco de papel en el bolsillo. Lo había doblado la noche anterior, usando una hoja celeste. En uno de sus costados dibujó una ventanita y, detrás de la ventanita, un gato marinero. Su hermano Nico llevaba un cuaderno, tres lápices y una galletita que ya se había partido en cuatro.
Mora quería hacer navegar el barco. Sin embargo, al acercarse con su mamá a mirar el mar, vio una ola que se desarmó sobre la arena con un ruido enorme. El barquito cabía en su mano. Aquella ola no cabía ni en la mesa de la cocina. Lo guardó otra vez, un poco desilusionada.
Nico abrió el cuaderno sobre la manta. Dibujó dos líneas y un pequeño muelle. «Podemos empezar por un puerto tranquilo», propuso. Mora apoyó el barco encima. Agregó una torre, una escalera y un cartel con un pez. Acababan de llegar al Puerto de las Sardinas Lectoras.
Allí apareció el primer problema de su aventura: el farero cangrejo había perdido el libro que leía antes de dormir. Recordaba una isla con forma de medialuna, pero había olvidado el camino. Mora dibujó la isla en la página siguiente. Nico puso tres rocas alrededor. Para pasar, el barco necesitaba un mapa.
Los hermanos discutieron un momento. Nico quería un túnel bajo las rocas; Mora prefería un puente. Su mamá les preguntó si un barco podía pasar por debajo de aquel puente. Lo dibujaron más alto y, junto a una roca, inventaron una tortuga que conocía la entrada de la biblioteca flotante.
Una ráfaga levantó la esquina del cuaderno. Mora sujetó el barco y Nico sostuvo las páginas. La biblioteca casi salió volando de verdad. Se mudaron al lado de la sombrilla y continuaron: dentro de la biblioteca encontraron al gato marinero, dormido sobre el libro del farero.
Antes de irse, devolvieron el libro en su aventura y recogieron todos sus papeles de la arena. El barquito seguía seco, aunque una de sus puntas estaba arrugada. Mora lo dejó sobre su mesa de luz. Al día siguiente lo esperaba un viaje difícil: encontrar un puerto donde aceptaran gatos que roncaban.

Cuento publicado bajo el nombre de Adolfo Benjamin Kunjuk, preparado para Semillero de Historias con asistencia de IA. Es ficción original; las leyendas imaginadas no se presentan como relatos tradicionales.
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