Leyenda imaginada · Ficción original
La laguna de los secretos
Para leer en compañía o a tu ritmo. Al final te espera una idea para seguir imaginando.
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La historia
En un valle imaginario había una laguna rodeada de árboles. Vera la visitaba con su abuelo por un sendero que terminaba en una orilla seca. Llevaba siempre un cuaderno, aunque al principio lo usaba más para dibujar que para escribir. Le gustaba mirar cómo las nubes aparecían al revés sobre el agua.
Una tarde dijo «hola» y una pequeña onda llegó hasta la orilla. Vera probó decir otra palabra. El agua volvió a moverse. Por un momento imaginó que la laguna le contestaba. Su abuelo señaló la brisa que agitaba los juncos. Aun sabiendo de dónde venían las ondas, ella decidió inventar una laguna que quisiera aprender palabras.
Cada visita se convirtió en una parte del cuento. La laguna imaginaria aprendió los nombres de las aves y confundió una nube con una oveja. Vera dibujó peces que llevaban cuadernos bajo las aletas. En una página apareció un pato cartero que entregaba noticias escritas en hojas de sauce.
Pero un día no pudo encontrar el final. Había inventado tantos personajes que no sabía qué hacer con todos. El pato esperaba una carta; los peces discutían y la nube seguía creyéndose oveja. Vera tachó una oración, luego otra, y terminó cerrando el cuaderno con ganas de irse.
Su abuelo le propuso descansar un rato antes de volver. Se quedaron en silencio. Una rana hizo un sonido corto. Las hojas rozaron una rama y, a lo lejos, un ave levantó vuelo. Vera empezó a distinguir ruidos que antes se mezclaban. Abrió de nuevo el cuaderno y anotó tres, sin intentar que formaran una historia.
Después se le ocurrió que sus personajes también podían dejar de hablar al mismo tiempo. En el nuevo final, la laguna les pedía escuchar. El pato descubría dónde entregar la carta, los peces encontraban un lugar tranquilo para leer y la nube veía su reflejo completo. Vera escribió despacio, dejando espacio entre los párrafos.
Cuando terminó, leyó el cuento a su abuelo. El agua siguió moviéndose, como al llegar. No había hablado ni resuelto la historia por ella. A Vera le gustó guardar ese final en su cuaderno y contarle a su abuelo qué sonido le había dado la idea. En la última página dibujó una oreja pequeña: le recordaría escuchar antes de decidir que no tenía nada para escribir.

Cuento publicado bajo el nombre de Adolfo Benjamin Kunjuk, preparado para Semillero de Historias con asistencia de IA. Es ficción original; las leyendas imaginadas no se presentan como relatos tradicionales.
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