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Cuento argentino · Cartas desde el sur

El correo de las montañas

Para leer en compañía o a tu ritmo. Al final te espera una idea para seguir imaginando.

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Portada de El correo de las montañas

La historia

Tomás compró una postal durante un viaje por el sur argentino. En la foto aparecían un lago, un bosque y una montaña nevada. Quería enviársela a su abuela, que había quedado cuidando las plantas de su casa. Se sentó a escribir junto a la ventana de la cabaña y puso: «Hay montañas».

Leyó la frase varias veces. Era cierta, pero la foto ya mostraba las montañas. Agregó que el agua estaba fría y que habían merendado. Todavía parecía una lista de cosas que cualquiera podía adivinar. Arrugó la frente y dejó el lápiz. No sabía cómo meter un viaje entero detrás de una postal.

Su hermana le propuso contar algo que la foto no mostrara. Tomás pensó en el frío que había sentido en la punta de la nariz al salir temprano. Pensó también en una rama que crujió bajo su zapatilla y en el olor del pan tostado cuando regresaron. Esas cosas sí habían ocurrido fuera de la foto.

Empezó otra vez. Escribió que las montañas parecían gigantes dormidos. Su hermana preguntó si la abuela iba a creer que habían visto gigantes de verdad. Tomás añadió que era una comparación: las cumbres le recordaban unas espaldas enormes debajo de una manta blanca.

La postal se llenó enseguida. Le faltaban la historia de un perro que los acompañó hasta una esquina y la forma en que el lago cambiaba de color cuando pasaban las nubes. Buscaron una hoja para continuar. Su mamá les ayudó a preparar el sobre y a escribir correctamente la dirección.

Algunos días después de que la carta llegara a destino, la abuela les mandó una respuesta. Contaba que había llovido sobre su patio. Las gotas golpeaban una maceta vacía como un tamborcito. El gato se había refugiado debajo de una silla y el jazmín olía más fuerte cuando ella abría la puerta.

Tomás leyó aquella carta en la misma mesa de la cabaña. Cerró los ojos y pudo imaginar la silla, la maceta y al gato escondido. Buscó una hoja nueva. Esta vez no empezó escribiendo que había montañas. Empezó por una nube que acababa de quedarse enganchada, al menos desde su ventana, en la punta de una de ellas.

Tomás y su hermana escriben una carta en una cabaña frente a un lago patagónico.

Cuento publicado bajo el nombre de Adolfo Benjamin Kunjuk, preparado para Semillero de Historias con asistencia de IA. Es ficción original; las leyendas imaginadas no se presentan como relatos tradicionales.

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